domingo, 27 de enero de 2013

UN CUENTO PARA EL VERANO 2013



La llegada del hielo.

 

Introducción


Nuestra historia, es The Coming of the Ice (La llegada del hielo), de Green Peyton Wertenbaker; fue publicada por primera vez en el número dos de la revista Amazing Stories, de Hugo Gernsback (y fue la primera historia en ser comprada para la revista en tiempo de publicación, porque las demás habían sido reediciones de historias anteriores). Era 1926 y Wertenbaker tenía 19 años de edad. Sin embargo, no era la primera historia que había conseguido vender: el primer número de Amazing Stories ya había incluido una historia suya, The Man From the Atom (El hombre del átomo): era una reedición, ¡porque el relato se había publicado por primera vez cuando Wertenbaker tenía tan sólo 16 años! Un hombre singular.
Aunque escribiría más ciencia-ficción, la carrera posterior de Wertenbaker no se centró en la ficción; se dedicó especialmente a escribir libros de viajes sobre el Sudoeste de Estados Unidos, y también trabajó como periodista. Una pena, porque tenía una imaginación muy fértil, como verás cuando leas La llegada del hielo.
He leído algunas críticas bastante duras de esta historia –de la versión en inglés, porque no tengo noticia de que fuera publicada nunca en castellano: que si no tiene argumento, que si hay cosas que no tienen ningún sentido, que si no tiene mensaje… y sí, son todas verdad. Sin embargo, creo que hay que ver más allá de esos defectos –por más que sean ciertos para disfrutar la historia hoy en día.
El “argumento” es básicamente una excusa para llevarnos en un viaje a través de unos cuantos cientos de miles de años de historia humana, con el protagonista como nuestros ojos: ¿alguna vez te has preguntado cómo imaginaría la gente de 1926 el futuro lejano? No estoy hablando de cien años, sino de un período de tiempo tan largo que la evolución y los procesos astronómicos desempeñan un papel en ella. ¡Hace falta imaginación para escribir sobre algo así en 1926!
La otra cara de la historia –y no puedo decir mucho o la fastidiaría es la siguiente: ¿merece la pena sacrificar parte de tu humanidad para vivir eternamente? Y, si lo haces, ¿echará de menos tu nuevo yo inhumano lo que ha sacrificado? Ah, preguntas, preguntas…
De modo que mi consejo es éste: olvida los agujeros en el argumento, los diálogos inmaduros y todo lo demás. Disfruta del corto viaje y las ideas interesantes que verás según viajas, y no te preocupes por los detalles.
Capitulo 1
Es extraño estar solo, y tener tanto frío. Ser el último ser humano sobre la Tierra…
La nieve se apila silenciosa a mí alrededor, incesante, funestamente. Y estoy aislado en esta pequeña esquina blanca, indistinguible del resto del mundo; soy con seguridad la criatura más solitaria del universo. ¿Cuántos miles de años han pasado desde que experimenté la auténtica compañía humana? Me he sentido solo durante mucho tiempo, pero había gente, criaturas de carne y hueso. Ahora se han ido. Ahora ni siquiera tengo las estrellas para que me hagan compañía, pues todas se han perdido en esta infinidad de nieve y oscuridad.
¡Si tan sólo pudiera saber cuánto tiempo ha pasado desde que fui hecho prisionero en la Tierra por primera vez! No importa. Y sin embargo, una vaga insatisfacción, un débil instinto pregunta una y otra vez en mis orejas: ¿qué año? ¿qué año?
Todo empezó en 1930. Había por entonces un gran hombre que realizaba operaciones quirúrgicas sobre sus semejantes para reparar sus órganos vitales – llamábamos a estos hombres cirujanos. John Granden detentaba el título de Sir frente a su nombre, una indicación de nobleza de acuerdo con las costumbres de la Inglaterra de la época. Pero la cirugía era simplemente una afición de Sir John, si debo ser preciso; pues, aunque había adquirido una enorme reputación como cirujano, él siempre sintió que su auténtico trabajo era la parte experimental de su profesión. Era, en cierto sentido, un soñador, pero un soñador que era capaz de hacer sus sueños realidad.
Yo era un amigo muy cercano de Sir John. De hecho, vivíamos en el mismo apartamento de Londres. Nunca he olvidado el día en el que me mencionó por primera vez aquel descubrimiento trascendental. Yo acababa de regresar de un largo paseo en trineo por el campo con Alice, y estaba sentado frente a la ventana, adormilado, escribiendo en mi mente una descripción del viento y la nieve y la oscuridad del atardecer. Es curioso, ¿verdad?, que mi relato empiece y termine con nieve y oscuridad.
Sir John abrió de pronto la puerta del otro extremo de la habitación y corrió hasta otra puerta. Me miró, sonriendo como un maníaco triunfante.
–¡Ya viene! –exclamó, y entonces, sin pausa–: ¡Casi lo tengo!
Le sonreí: su comportamiento era un poco ridículo.
–¿Qué es lo que tienes? –pregunté.
–¡Por todos los cielos, hombre, el Secreto! ¡El Secreto! –y con eso desapareció de nuevo, cerrando la puerta con un grito victorioso ¡El Secreto!
A mí todo esto, claro me hizo gracia. Sin embargo, también despertó mi interés. Conocía lo suficientemente a Sir John para darme cuenta de que, por más graciosa que hubiera sido su aparición, no habría nada absurdo en ese “Secreto”, lo que quiera que fuese. Pero era inútil especular. Lo único que podía esperar era una aclaración a la hora de la cena. De modo que me sumergí en la lectura de uno de los volúmenes de la excelente Biblioteca de la Imaginación del cirujano, y esperé.
Creo que el libro era uno del Sr. H. G. Wells, seguramente “Cuando el durmiente despierta” o alguna otra de sus brillantes fantasías y predicciones, pues me dejó de un humor conducente a creer en casi cualquier cosa cuando, más tarde, nos sentamos a la mesa a cenar. Ojalá pudiera dar una idea del ambiente de nuestro apartamento, la solidez que daba a cualquier cosa de otro modo vasta, increíble o extraña. Entonces podrías, quienquiera que seas, comprender algo mejor la naturalidad con la que acepté el descubrimiento de Sir John.
Empezó a explicármelo enseguida, como si no pudiera guardárselo más tiempo para sí mismo.
–¿Pensaste que me había vuelto loco, Dennell? –preguntó. Casi me extraña que no haya sucedido. El caso es que he estado estudiando este problema durante muchos años… casi toda mi vida. Y de repente, ¡lo he resuelto! Bueno, más bien me temo que he resuelto un problema mucho mayor.
–Cuéntamelo, pero por el amor de Dios, no seas demasiado técnico.
–Vale –dijo él, e hizo una pausa. Dennel, ¡es magnífico! Cambiará todo lo que hay en el mundo –Sus ojos atraparon los míos de pronto, como si fuera un hipnotizador. Dennel, es el Secreto de la Vida Eterna –dijo.
– ¡Por Dios, Sir John! –exclamé, casi riéndome.
–Lo digo en serio –dijo él–. Como sabes, he pasado casi toda mi vida estudiando el proceso del nacimiento, tratando de descubrir exactamente qué sucede desde la concepción.
–¿Y lo has logrado?
–No, eso es lo gracioso. He descubierto otra cosa diferente, sin saber aún qué causa ninguno de los dos procesos.
–No quiero ponerme técnico, y no tengo muy claro qué está sucediendo realmente. Pero puedo intentar darte una idea de ello.
Hace miles, tal vez millones de años desde que Sir John me lo explicó. Es posible que haya olvidado lo poco que entendí entonces, pero intentaré reproducir lo que pueda de su explicación.
–En mi estudio del proceso del nacimiento –empezó–, descubrí los rudimentos de una acción que tiene lugar en el cuerpo tanto de hombres como de mujeres. Hay ciertas propiedades en los alimentos que consumimos que permanecen en el cuerpo para la reproducción, dos Esencias diferentes, por así decirlo, de los que una es retenida por la mujer y la otra por el hombre. La unión de estas dos propiedades es la que, por supuesto, engendra al hijo.
–Sabes, naturalmente, que nuestros cuerpos cambian constantemente, hora a a hora, minuto a minuto, de modo que cada cierto número de años hemos, literalmente, nacido de nuevo. En la reproducción está involucrado un principio similar, excepto que entonces, en vez de ser reemplazado el cuerpo viejo por el nuevo, se crea el nuevo aparte del viejo. Es la creación de los hijos, al parecer, la que hace que muramos, puesto que es posible bloquear o redirigir esta acción hacia nuevos canales, de modo que la reproducción se produzca sobre el cuerpo viejo, renovándolo constantemente. Es confuso y suena absurdo, ¿verdad? Pero lo más absurdo de todo es que es cierto. Sea cual sea la explicación verdadera, el hecho es que la operación puede realizarse, que prolonga la vida indefinidamente y que únicamente yo conozco el secreto.
Sir John me contó muchas más cosas, pero no hubo mucho más que fuera esencial. Sería imposible para mí expresar el impacto que este descubrimiento produjo en mi mente. Desde el principio, bajo el hechizo de su personalidad, creí en él y supe que estaba diciendo la verdad. Y me abrió nuevas expectativas: empecé a imaginarme convirtiéndome en un ser eterno, inmune al horror de la muerte. Podía verme adquiriendo, siglo tras siglo, una cantidad tal de conocimiento y experiencia que me convertirían en un auténtico dios.
–¡Sir John! –exclamé mucho antes de que terminara–. ¡Debe realizar esa operación sobre mí!
–Pero Dennel, eres demasiado precipitado. No debes ponerte tan irreflexivamente en mis manos.
–Ha perfeccionado la operación, ¿no es así?
–Así es –respondió.
–Debe intentarla por primera vez con alguien, ¿verdad?
–Sí, por supuesto. Sin embargo… por alguna razón, Dennel, tengo miedo. No puedo evitar sentir que el ser humano no está preparado para algo tan enorme. Hay sacrificios. Deben abandonarse el amor y todo placer sensual. Esta operación no sólo elimina el mero hecho de la reproducción, sino que arranca de uno todas las cosas relacionadas con el sexo, el amor, la sensibilidad de la belleza, las emociones derivadas de la poesía y las artes. Sólo deja intactas las pocas emociones egoístas necesarias para la supervivencia. ¿No lo ves? Uno se convierte en una inteligencia, nada más: la apoteosis fría de la razón. Y al menos yo no puedo encarar algo así con calma.
–Pero, Sir John, como tantos otros miedos, es horrible sólo al pensarlo antes de que suceda. Una vez que ha cambiado tu naturaleza, ya no hay nada de qué arrepentirse. Lo que eras antes será para ti, después del proceso, algo tan horrible como lo que pensabas que serías era ahora.
–Cierto, cierto. Lo sé. Pero sigue siendo difícil de aceptar.
–Yo no tengo miedo de afrontarlo.
–Me temo que no lo entiendes, Dennel. Y me pregunto si tú, yo o cualquier otro sobre la faz de la Tierra estamos listos para un paso así. Después de todo, para hacer a una especie inmortal debe estarse seguro de que es una especie perfecta.
–Sir John –dije yo–, no es usted quien debe afrontar esto, ni ningún otro en el mundo hasta esté listo. Pero yo estoy completamente decidido, y se lo exijo como su amigo.
Bueno, discutimos mucho más tiempo, pero al final gané yo. Sir John me prometió realizar la operación tres días más tarde.
Pero supongo que te das cuenta de lo que yo había olvidado durante toda la discusión, la única cosa que siempre pensé que sería incapaz de olvidar mientras viviera, ni siquiera durante un instante: mi amor por Alice, ¡lo había olvidado!
Capitulo 2
No puedo escribir aquí la infinidad de emociones que me embargaron más tarde cuando, con Alice entre los brazos, fui consciente de lo que había hecho. Hace tanto tiempo… he olvidado ya cómo sentir. Podría nombrar un millar de emociones que solía sentir pero que ya no puedo siquiera comprender. Pues sólo el corazón puede comprender al corazón, y el intelecto sólo al intelecto.
Con Alice en mis brazos, le conté toda la historia. Fue ella quien se dio cuenta, con su rápido instinto, de lo que yo no me había percatado.
–¡Pero, Carl! –exclamó–. ¿No te das cuenta? ¡Significaría que nunca podríamos casarnos! –y, por primera vez, comprendí.
¡Si pudiera tan sólo recapturar alguna noción de aquel amor! Siempre he sabido, desde que el último retazo de comprensión me abandonó, que había perdido algo precioso cuando perdí el amor. Pero ¿qué importa ahora? También perdí a Alice y nunca podría haber conocido el amor de nuevo sin ella.
Fue una noche triste y trágica. Discutimos sobre el asunto horas y horas. Pero yo sentía que, de alguna manera, estaba atrapado inevitablemente en mi destino, que no podía modificar mi decisión. Tal vez estaba siendo infantil, pero sentía que sería un cobarde si abandonaba entonces. Sin embargo, fue Alice quien se dio cuenta de la solución.
–Carl –me dijo, sus labios casi tocando los míos–, esto no tiene por qué interponerse en nuestro amor. Después de todo, sería un amor muy triste si no fuera más de la mente que de la carne. Seguiremos siendo amantes, pero olvidaremos el mero deseo carnal. ¡Yo también me someteré a la operación!
No pude hacerle desistir. Le hablé de peligros que no podía dejar que corriese; pero, como hacen las mujeres, me desarmó acusándome de no amarla, de no quere su amor, de que estaba intentando escapar del amor. ¿Qué respuesta podía dar que no fuera que la amaba y haría cualquier cosa para no perderla?
A veces, desde entonces, me he preguntado si podíamos haber conocido ese amor de la mente. ¿Es el amor algo puramente carnal, algo creado por un Dios irónico simplemente para propagar Su especie? ¿O puede existir un amor sin emoción, un amor sin pasión, el amor entre dos inteligencias frías? No lo sé. No me lo pregunté entonces. Acepté cualquier cosa que pudiera hacer nuestro camino más fácil.
No hace falta alargar la historia. Mi mano ya vacila, y no me queda mucho tiempo. Pronto no existiré, ni yo ni mi relato – ni la humanidad. Sólo quedarán la nieve, el hielo y el frío…
Tres días más tarde, ingresé en el hospital de John con Alice del brazo. Todos mis asuntos –y no eran muchos– estaban en orden. Había insistido en que Alice esperase hasta que mi operación hubiera acabado con éxito antes de someterse a ella. Había ayunado durante dos días y estaba perdido en un mundo de paredes blancas y ropa blanca y luces blancas, borracho de sueños del futuro. Cuando me llevaron al quirófano en una camilla, por un instante todo fue claro y brillante: una habitación circular, blanca y ordenada, de techo alto. Entonces me encontré bajo el resplandor de suaves luces blancas, y la habitación se desdibujó hasta convertirse en una vaga neblina de la que de vez en cuando salían pequeños rayos acerados provenientes de los instrumentos de metal. Durante un instante, nuestras manos –las de Sir John y las mías– se unieron, y así nos dijimos adiós, o hasta luego, del modo que los hombres hacen estas cosas. Luego sentí el cálido contacto de los labios de Alice sobre los míos, y sufrí emociones dolorosas que no podría describir. Durante un momento sentí que debía incorporarme y anunciar que no podía hacerlo. Pero el sentimiento pasó, y no hice nada.
Sentí algo contra la boca y la nariz, algo con un olor a éter. Vi ojos mirarme tras máscaras blancas. Intenté resistirme, pero en vano: estaba bien sujeto. Puntos de luz infinitesimales empezaron a bailar contra un fondo negro; un zumbido hueco e intenso empezó a sonar en mi cabeza. La cabeza me pareció convertirse en tan sólo una garganta, enorme, cavernosa, vacía, en la que sonidos y luces se mezclaban en un rápido compás, acerándose y alejándose eternamente. Después, creo, llegaron los sueños. Pero los he olvidado…
Empecé a recuperarme de los efectos del éter. Todo estaba borroso, pero pude percibir a Alice y a Sir John junto a mí.
–¡Has sido muy valiente! –dijo Sir John, y Alice también dijo algo, pero no recuerdo qué. Hablamos durante mucho tiempo, yo sobre los sinsentidos de quienes salen de la anestesia del éter, ellos metiéndose conmigo de forma un tanto solemne. Pero después de un tiempo me di cuenta de que iban a irse. De pronto, Dios sabe por qué, fui consciente de que no debían irse. Algo en el fondo de mi cabeza gritaba que debían quedarse; uno no puede explicar estas cosas excepto a toro pasado. Intenté presionarlos para que se quedaran, pero sonrieron y dijeron que tenían que irse a cenar. Les ordené que no lo hicieran, pero me dijeron amablemente que volverían en poco rato. Creo que incluso lloré un poco, como un niño, pero Sir John le dijo algo a la enfermera, que empezó a hablarme razonable pero firmemente, y entonces me di cuenta de que se habían ido y, de algún modo, me quedé dormido…
Cuando desperté tenía la cabeza bastante clara, pero un tremendo olor a éter llenaba la habitación. En cuanto abrí los ojos sentí que había sucedido algo. Pregunté por Sir John y por Alice. Vi una extraña y rápida expresión en la cara de la enfermera, pero enseguida se controló. Me tranquilizó con frases rápidas y sin sentido, y me dijo que me durmiera. Pero no podía dormir: estaba completamente seguro de que algo les había sucedido, a mi amigo y a la mujer que amaba. Sin embargo, no conseguí nada con mi insistencia, pues las enfermeras no soltaban prenda. finalmente, creo que me dieron algún somnífero, porque me dormí otra vez.
Durante dos días interminables y caóticos no vi señal de ninguno de los dos, ni de Alice ni de Sir John. Cada vez me puse más nervioso, y la enfermera más retraída. Sólo me decía que se habían ido un par de días.
Y entonces, el tercer día, descubrí la verdad. Las enfermeras pensaban que estaba dormido; la enfermera del turno de noche acababa de llegar para relevar a la otra.
–¿Ha preguntado otra vez por ellos? –inquirió.
–Sí, pobre hombre. Apenas he podido tranquilizarlo.
–Tenemos que ocultárselo hasta que se haya recuperado completamente –hubo una larga pausa, y apenas pude controlar mi agitada respiración.
–¡Fue tan de repente! –dijo una de ellas–. Morir de ese modo… –no oí más, porque di un salto en la cama, dando un grito.
–¡Rápido, por el amor de Dios, díganme qué ha pasado! –salté al suelo y agarré a una de ellas por las solapas. Estaba horrorizada. La agité con fuerza sobrehumana.
–¡Dígamelo! – grité –, ¡dígamelo o…! –Me lo dijo, ¿qué otra cosa podía hacer?
–Han muerto en un accidente – balbuceó –, en un taxi, en el Cabo… –y en ese momento aparecieron una multitud de enfermeras y celadores, alertados por la otra mujer, y me obligaron a acostarme de nuevo.
No recuerdo bien los días siguientes. Estaba delirante, y nadie me dijo después lo que decía en mis desvaríos. Tampoco puedo expresar las emociones que me saturaban cuando finalmente recuperé la cabeza. Siempre encuentro un obstáculo infranqueable entre mis emociones anteriores y cualquier intento de expresarlas con palabras tras el Cambio. No puedo comprender lo que sentía, no puedo expresarlo.
Capitulo 3
Sólo sé que, durante semanas, estuve inmerso en una tristeza más allá de cualquiera que pudiera haber imaginado antes. Los únicos dos amigos que tenía sobre la Tierra se habían ido. Me sentía completamente solo. Pensé en los años interminables que me esperaban en el futuro, todos iguales, apagados, solitarios.
Sin embargo, me recuperé. Cada día podía sentir un nuevo y extraño vigor en mi cuerpo, una enorme fuerza que de algún modo era la expresión de la vida eterna. Poco a poco, mi angustia fue desapareciendo. Una semana más tarde, comprendí que las emociones me estaban abandonando; el amor, la belleza, todo aquello de lo que se nutre la poesía… todo estaba desapareciendo. Al principio me pareció insoportable. Miraba la luz dorada del sol y la sombra azul del viento, y decía:
–¡Dios, qué belleza! –y las palabras eran un eco vacío en mis oídos. O recordaba la cara de Alice, la cara que había amado antes tan inextinguiblemente, y lloraba y me apretaba las sienes, y cerraba los puños, diciendo:
–¡Oh, Dios! ¿Cómo puedo vivir si nella? –Y una pequeña vocecilla en mi cabeza, al mismo tiempo, decía:
–¿Quién es esta Alice? No conoces a nadie con ese nombre –. Y empecé a preguntarme si en verdad había existido alguna vez.
De modo que, poco a poco, mis antiguas emociones fueron perdiéndose, y al mismo timepo empecé a disfrutar de una capacidad mental cada vez mayor. Comencé a juguetear con ecuaciones matemáticas que había olvidado mucho tiempo antes, del mismo modo que un poeta juega con una palabra y sus connotaciones. Miraba todo con ojos nuevos y afilados, una nueva percepción, y comprendía cosas que nunca había entendido antes, porque mis emociones siempre me habían preocupado más que mis pensamientos.
Y las semanas pasaron hasta que, un buen día, estuve recuperado.
¿Cuál es, en cualquier caso, el propósito de esta crónica? Nunca habrá nadie que pueda leerla. Les he oído decir que la nieve nunca desaparecerá. Seré enterrado y mi relato conmigo; y será el fin de ambos. Sin embargo, por alguna razón, escribir alivia un poco el cansancio de mi alma…
¿Hace falta que diga que, después de aquello, he vivido muchos miles de años hasta hoy? No puedo contar esa vida en detalle. Es un largo derrotero de episodios casi oníricos, mezclados unos con otros, fantásticos. Al mirar hacia atrás me pasa como al recordar un sueño: sólo puedo rememorar con claridad unos pocos episodios aislados. Y me parece que mi imaginación debe de haber rellenado el rápido movimiento entre episodios. Ahora pienso, como no podría ser de otro modo, en términos de siglos y milenios, en vez de días y meses… La nieve se arremolina terriblemente alrededor de mi pequeño fuego y sé que pronto hará acopio de coraje para apagarnos a ambos…
Pasaron los años; al principio, con una cierta sensación de maravilla. Vi cosas pasar por todo lo ancho del mundo. Estudié. Los otros alumnos se sorprendían de que yo, un hombre de treinta y tantos años, volviera a la universidad.
–¡Por Judas, Dennel, ya tienes tu doctorado! ¿Qué más quieres? –me preguntaban. Y yo respondía:
–Quiero un doctorado en Medicina, y la licencia de cirujano –no les dije que además deseaba estudiar Derecho, Biología, Química, Arquitectura e Ingeniería, Psicología y Filosofía. Y sin embargo, supongo que creyeron que estaba loco. Y yo pensaba, ¡pobres imbéciles! No pueden imaginar que dispongo de toda la eternidad para estudiar.
Fui a la universidad durante décadas. Pasaba de una a otra, obteniendo los frutos de cada asignatura que estudiaba, disfrutando del estudio de un modo que ningún alumno había disfrutado antes. No había en mi vida prisa alguna, ni miedo de una muerte temprana. Había un vigor extraordinario en mi cuerpo y una visión y claridad extraordinarias en mi cerebro. Me sentía un súperhombre. Simplemente tendría que seguir almacenando sabiduría hasta que todo el conocimiento del mundo fuese mío, y entonces podría dominarlo. No tenía prisa. ¡Ah, larga vida! ¡Cómo me vanagloriaba de disponer de la eternidad! Y de qué poco me ha servido, por la ironía de Dios.
Durante siglos continué mis estudios, cambiando mi nombre y yendo de un lugar a otro. No sentía monotonía, puesto que, para el intelecto puro, la monotonía no existe: era una de esas emociones que había dejado atrás. Sin embargo, un día del año 2132, un hombre llamado Zarentzov realizó un gran descubrimiento. Tenía que ver con la curvatura del espacio, y cambiaba las concepciones que todos habíamos considerado válidas desde Einstein. Hacía mucho tiempo que yo había dominado hasta el último detalle de la teoría de Einstein, como había sucedido eventualmente con el resto del mundo. Inmediatamente me lancé al estudio de este nuevo paradigma.
Para mi sorpresa, me pareció todo extrañamente confuso y elusivo. No podía llegar a comprender lo que Zarentzov trataba de formular.
–¡Bah! –exclamé–, ¡todo esto es un enorme fraude! –Me dirigí al Catedrático de Física de la universidad a la que estaba acudiendo como alumno, y le dije que el libro entero era una estafa, un sinsentido. Me miró con pena.
–Me temo, Modevski –me dijo, dirigiéndose a mí por el nombre que usaba entonces–, me temo que usted no lo llega a entender, eso es todo. Cuando su mente se haya abierto, lo entenderá. Debería dedicar más esfuerzo a sus estudios de Física –. Esto me enfureció, pues había dominado la Física mucho antes de que él hubiera nacido. Lo desafié a explicarme la teoría. ¡Y lo hizo! La expuso, naturalmente, en el lenguaje más llano posible. Sin embargo, no entendí nada. Lo miré como un imbécil, hasta que negó con la cabeza impacientemente, diciendo que era inútil, que si no podía entenderlo debía seguir estudiando. Me quedé sin palabras, y me alejé, aturdido.
¿Puedes comprender lo que pasó? Durante todos esos años había estudiado sin cesar, y mi mente se mantuvo tan clara y afilada como el día que abandoné el hospital. Sin embargo, durante todo ese tiempo había permanecido como lo que era: un hombre del siglo XX extremadamente inteligente. ¡Pero el resto de la especie había seguido progresando! Habían estado adquiriendo conocimiento, poder y capacidad durante todo ese tiempo, cada vez más rápido, mientras que yo me había quedado estancado. Y aquí estaban ahora Zarentzov y los profesores de universidad y, seguramente, otros cientos de hombres, ¡que me habían adelantado! Me estaba quedando atrás.
Capitulo 4
Y eso es simplemente lo que sucedió. No merece la pena que me alargue sobre ello. Hacia el final de ese siglo todos los alumnos del mundo me habían sobrepasado, y nunca conseguí entender a Zarentzov. Otros crearon nuevas teorías, y esas teorías fueron aceptadas por el mundo. Pero yo no podía entenderlas. Mi vida intelectual se había acabado. No me quedaba nada más por comprender. Sabía todo lo que podía entender y, por tanto, sólo me quedaba jugar ociosamente con las viejas ideas.
En el mundo sucedieron muchas cosas. Llegó un día en el que el Este y el Oeste, dos alianzas hemisféricas muy poderosas, se alzaron en armas: la guerra civil de un planeta entero. Sólo recuerdo visiones caóticas de fuego, truenos e infierno. Todo era incomprensible para mí: como en un sueño delirante, sucedían cosas, la gente iba de un lado a otro, y yo no entendía lo que estaban haciendo. Durante todo ese tiempo me oculté en un pequeño agujero bajo la ciudad de Yokohama, y sobreviví de milagro. Y el Este venció. Pero no resultó importante quién ganó, puesto que todo el planeta, en todo excepto unos pocos prejuicios aún existentes, se había convertido en una sola raza y nada cambió cuando se reconstruyó todo bajo un único gobierno.
Fui testigo de la aparición entre nosotros de la primera de las extrañas criaturas en el año 6371, seres que luego descubrimos provenían del planeta Venus. Pero fueron rechazados, puesto que eran salvajes comparados con los terrícolas –aunque eran los iguales de mis contemporáneos de principios del siglo XX–. Aquellos que no sucumbieron al frío tras el intenso calor de su planeta, y aquellos que no murieron de nuestra mano, esos pocos regresaron en silencio a su hogar. Y siempre me he arrepentido de no tener la valentía de irme con ellos.
Fui testigo de un momento en el que el mundo alcanzó la perfección mecánica, cuando el hombre pudo lograr cualquier cosa con mover un solo dedo. Estas criaturas del siglo C eran extrañas para mí: seres humanos de enormes cerebros y minúsculos cuerpos marchitos, miembros atrofiados, leves y cansinos desplazamientos en sus pequeños vehículos. Sólo yo, con mis anticuados reparos morales, temblé de horror cuando finalmente condenaron a muerte a todos los pervertidos, criminales y dementes, librando al mundo de la escoria que no necesitaban. Fue entonces cuando tuve que sacar los antiquísimos documentos que demostraban mi identidad y mi historia. Se dieron cuenta de que todo era cierto, de alguna manera, y a partir de entonces me mantuvieron como un espectáculo, un superviviente de tiempos arcaicos.

Fui testigo de cómo el mundo se hizo inmortal a través del nuevo invento de un hombre llamado Kathol, que utilizó el mismo sistema que la “leyenda” contaba que se había empleado conmigo. Fui testigo del fin del lenguaje hablado, de todos los sentidos excepto uno, cuando los seres humanos aprendieron a comunicarse directamente mediante el pensamiento, y recibir directamente en el pensamiento la miríada de vibraciones del Universo.
De todas estas cosas fui testigo, y de otras muchas, hasta que ya no hubo más descubrimientos sino un Mundo Perfecto en el que no hacía falta nada excepto memoria. Los seres humanos finalmente dejaron de contar los años. Varios siglos tras la 154 Dinastía tras la Última Guerra o, como lo hubiéramos contado en mi época, alrededor del año 200000, dejó de llevarse la cuenta oficial del tiempo. Los calendarios cayeron en desuso. Los hombres empezaron a olvidar los años y el propio tiempo. ¿Qué importaba el tiempo cuando uno era inmortal?
Tras largos e incontables siglos, llegó un día en el que los días se fueron volviendo más fríos. Poco a poco, los inviernos fueron más largos, y los veranos se acortaron hasta durar sólo uno o dos meses. En invierno rugían terribles e interminables tormentas, y a veces helaba en verano. A gran altitud y más allá de las regiones subtropicales la nieve fue perenne.
En latitudes altas, la gente murió a miles. Nueva York se convirtió, tras un tiempo, en la ciudad habitada más septentrional, una ciudad ártica a la que el calor apenas llegaba. Y enormes glaciares avanzaron hacia el sur, destruyendo a su paso los frágiles restos de la civilización, cubriendo implacablemente los nobles logros del hombre.
Un verano nevó en Florida e Italia. Poco después no dejaba de nevar en esos lugares. La gente abandonó Nueva York, Chicago, París, Yokohama y todas las otras ciudades similares y viajaron hacia el sur a millones, muriendo mientras viajaban, perseguidos por la nieve y el frío y los inexorables glaciares. Eran criaturas débiles cuando el Frío se cernió sobre ellos, pero estoy hablando en términos de milenios; y utilizaron todas las armas de la ciencia para recuperar su poderío físico, pues comprendieron que su única esperanza de supervivencia era un cuerpo fuerte y resistente.
Respecto a mí, por fin encontré una utilidad para mis pocas cualidades, pues mi condición física era la mejor de todo el mundo. Sin embargo, era poco consuelo, ya que todos estábamos unidos en el terrible miedo del Fío y el hielo rechinante. Todas las grandes ciudades estaban desiertas. A veces las veíamos a lo lejos cuando viajábamos en nuestras máquinas sobre la nieve: enormes esqueletos silenciosos, desfigurados, cubiertos de nieve que el viento empujaba por las calles desoladas donde en el pasado lo mejor de la vida humana había sentido absoluta calma y seguridad.
Sin embargo, el Hielo no se detuvo. Pues los seres humanos habían olvidado la última Edad de Hielo cuando dejaron de llevar la cuenta del tiempo, cuando olvidaron la visión del futuro y se rodearon únicamente de recuerdos. No recordaban que, inevitablemente, debía llegar el día en el que el Hielo cubriría toda la Tierra, en el que el sol brillaría débilmente entre interminables períodos de oscuridad, nieve y ventisca.
Poco a poco, el Hielo nos fue acorralando hasta que los últimos restos de civilización se agruparon en Egipto, India y Sudamérica. Los desiertos florecieron de nuevo, pero la helada siempre llegaba para destruir las pequeñas cosechas. Y el Hielo no se detuvo. Todo el planeta excepto una estrecha franja alrededor del ecuador era un paisaje silencioso, desolado, de hielo desnudo, hielo que se cernía sobre las ruinas ocultas de las ciudades que habían aguantado cientos de miles de años. Era terrible imaginar la tremenda soledad y la oscuridad perenne que reinaba en estos lugares, y la nieve sombría, cayendo en silencio sobre todas las cosas…
Nos rodeó por todas partes hasta que sólo unos pocos refugios en el ecuador sostuvieron vida alguna, con fuegos permanentes que mantenían a raya el Hielo. Reinaba el invierno permanente; y nos convertimos en bestias aterrorizadas que se depredaban unas a otras para sobrevivir, aunque estabámos condenados. Y entonces yo, ¡yo, el superviviente de la prehistoria!, tuve mi venganza entonces, con mi condición física y mis fuertes mandíbulas. ¡Por Dios, tengo que pensar en otra cosa! Seres humanos alimentándose unos de otros… fue horrible. Y yo fui uno de ellos.
De modo que, inevitablemente, el Hielo fue rodeándonos… Llegó el día en el que nuestro refugio sólo contaba con una veintena de personas. Nos acurrurábamos alrededor del fuego moribundo de huesos y troncos. No decíamos nada. Simplemente permanecíamos sentados, sin palabras, en un silencio sin siquiera pensamientos. Éramos el último reducto de la humanidad.
Creo que, en algún momento, algo muy noble debe de haber transformado a estas criaturas a algo semejante a lo que una vez fueron. Vi en sus ojos la pregunta que se hacían unos a otros, y en todos ellos la misma respuesta: . Todos se levantaron al unísono e, ignorándome como criatura inferior, se quitaron los harapos que vestían y, uno por uno, se alejaron caminando sobre sus pequeñas piernecillas hacia la terrible ventisca y la nieve, y desaparecieron. Y me quedé solo…
Y solo estoy ahora. He escrito esta historia fantástica sobre mí mismo y la humanidad sobre una sustancia que sé que sobrevivirá incluso a la nieve y el Hielo, como ha sobrevivido a la humanidad que la creó. Es la única cosa de la que nunca me he deshecho. ¿No es irónico que sea yo el historiador de nuestra especie? ¿Yo, un salvaje, un superviviente de tiempos arcaicos? ¿Por qué escribo esta historia? Dios lo sabe, pero algún tipo de instinto me empuja a hacerlo, aunque no queden seres humanos que leerla.
Aquí permanezco sentado, esperando, y pienso a menudo en Sir John y Alice, a quien amé. ¿Puede ser que, tras tanto tiempo, esté empezando a recuperar algún retazo de esa emoción, esa pasión que sentí una vez? Veo su cara frente a mí, la cara que había olvidado durante eones, y hay algo en ella que calienta mi sangre de nuevo. Sus ojos intensos están medio cerrados, sus labios ligeramente abiertos, listos para ser besados con pasión infinita. ¡Oh, Dios! ¡Es el amor de nuevo, el amor que creía perdido! Tantas veces se rieron de mí, cuando les hablé de Dios, y se mofaron de mis estúpidas supersticiones primitivas. Pero ya no están, y yo, que creo en Dios, sigo aquí, y eso ignifica algo.
Tengo frío, escribo. Ah, estoy helado. Mi respiración se congela en contacto con el aire, y apenas puedo mover mis dedos entumecidos. El Hielo se cierra sobre mí, y no puedo seguir rompiéndolo. La tormenta ruge a mi alrededor, en la oscuridad, de un modo extraño, y sé que es el fin. El fin del mundo. Y yo, el último ser humano…
El último ser humano…
… tengo frío… frío…
…pero ¿eres tú, Alice? ¿Eres tú?
FIN.

La velocidad del Sol

Este sistema solar dibujado por un niño de 11 ó 12 años se aproxima mucho al modelo que maneja mucha gente:



Y eso que en realidad está bastante bien, ya que se cruzan las órbitas de Neptuno y Plutón y hasta incluye el cinturón de asteroides.
Pero tiene un problema común a todos los dibujos y la mayoría de las animaciones que vemos del sistema solar, que es el que no recoge el hecho de que en realidad el Sol no se está quieto en medio del espacio.
La realidad se parece más bien a esto, aunque no hagáis caso del vídeo a partir del minuto 2 (aquí vendría muy bien lo de poder parar los vídeos de YouTube en un punto determinado): http://youtu.be/0jHsq36_NTU
En efecto, igual que los planetas giran alrededor del Sol, este gira en torno al núcleo de nuestra galaxia, entre otros varios movimientos.
Teniendo en cuenta que todo en este universo es relativo lo que ya resulta más complicado es averiguar a qué velocidad se mueve, ya que la velocidad siempre será relativa a algo.
Para solucionar esto los astrónomos han definido el llamado sistema de reposo local (En astronomía, el sistema de reposo local o SRL hace referencia al movimiento medio de la materia de la Vía Láctea en las vecindades del Sol. La trayectoria de esta materia no es exactamente circular. El Sol recorre una órbita moderadamente excéntrica (e < 0,1) alrededor del centro galáctico a una velocidad de 220 Km./s en sentido horario si es observado desde el polo norte galáctico. La órbita solar tiene un radio de ≈ 8 kpc respecto al centro de la galaxia, próximo a Sgr A*, presentando tan sólo una pequeña desviación hacia el ápex en relación al SRL. La velocidad del SRL está comprendida entre 202–241 Km./s. ), que hace referencia al movimiento medio de la materia de la Vía Láctea en las vecindades del Sol, y que en realidad tampoco se está quieto, claro.
Con respecto al SRL el Sol se desplaza a unos 70.000 kilómetros por hora, la velocidad que menciona el vídeo, más o menos en dirección a Vega, la misma de Contacto.
Además de eso, el Sol gira alrededor del núcleo de la Vía Láctea a unos792.000 kilómetros por hora, aunque a pesar de esa aparentemente descomunal velocidad tarda unos 225 millones de años en completar una órbita.
Y para acabar la misma Vía Láctea, y con ella el Sol, se mueve a unos2,1 millones de kilómetros por hora, medidos con referencia a la radiación de fondo de microondas, más o menos en dirección a Leo y Virgo.
Así que el movimiento y la velocidad del Sol es una combinación de estos tres movimientos, a los que en el caso de alguien que esté sobre la superficie de la Tierra hay que añadirles los de traslación de esta alrededor del Sol, que es de unos 108.000 kilómetros por hora, y el de rotación (a menos que estés en uno de los polos), que puede ser de hasta 1.700 kilómetros por hora en el ecuador.
Piensa en esto la próxima vez que estés haciendo «sillón ball».
Otro día hablaremos de como los modelos que manejamos muchas veces distorsionan nuestra visión del mundo.
(El dibujo del sistema solar vía Shapes And Disfigurements Of Raymond Antrobus).